No somos manadas.

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Deslizándonos por los días van pasando los años, pasando las cosas pero los cambios en la sociedad se resisten como coraza al viento.

 

Cambian de golpe o a golpes nuestras vidas, nuestras ilusiones o desilusiones, pero no cambian los mecanismos medievales que nos gobiernan traicioneramente, paternalistas. Hurtados de verdad.

 

Era yo un chaval cuando ya nos las prometíamos felices con nuestra recién estrenada democracia y hemos pasado mucho tiempo celebrándolo, demasiado tiempo.

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Muchos siguen en plena celebración, cual centuriones de pasados pero presentes feudos que con fiereza defienden.

 

Ahora no me basta con unos lo siento, no volverá a ocurrir. Tampoco me basta con grandes titulares de regeneración, recuperación, etc, etc, demasiada canción mentirosa ya.

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No, no me basta tampoco con intentar renovar la imagen de marca con nuevos cachorros, no me basta no.

 

Pero se hacen los sordos, de forma tácita te piden, te obligan a tener paciencia. Paciencia con ellos, con sus estructuras jerarquicas, sus “buenas” intenciones dicen y, haciendo un ejercicio de imaginación, con su saber hacer las cosas afirman.

 

En respuesta a esta cruda realidad te hacen saber de su enorme entusiasmo por la marcha de algunas cosas que normalmente pertenecen a su ámbito y no al que al oyente le preocupa.

 

Es su forma de autoafirmar su poder, de ningunear al resto, de telepredicar. Un oficio que cuenta ahora con muchos personajes y unas estructuras y medios para hacerte llegar su discurso que nunca antes tuvo ningún telepredicador.

 

Orson Wells se quedó corto con su gran hermano televisivo. Y la farsa crece, se multiplica al mismo ritmo que el descrédito en el que ha caído lo que llamaban la “eterna rivalidad” de los dos grandes partidos que se autoproclaman como mayoritarios.

 

Mayoristas les llamaría yo, aunque no hagan otra cosa que andar manipulándonos y limpiándonos los ya escamados bolsillos a nosotros “sus” pescados.

 

Somos colonia sumisa y orgullosa de pertenecer a un imperio “imparable”, que defiende sus intereses por todo el globo, como los otros imperios, y eso es algo agotador para los de galeras. Nunca hay descanso, siempre hay enemigos y cada vez más víctimas.

 

Los sufridos espectadores de esta inacabable obra asistimos atónitos al espectáculo y optando por muy diversas soluciones vitales para soportarlo, soluciones que a la vista está, no solucionan los acontecimientos que cada vez se suceden más previsibles.

 

Soluciones, que en el mejor de los casos solo nos pueden hacer ver las cosas de un modo más confortable y/o optimista dentro de nuestros micromundos.

 

Cada vez la realidad nos vuelve más la espalda y a la vez nos achaca que la espalda se la damos nosotros, alguna vez terminará esto, no se cuando y tampoco se a ciencia cierta si depende de lo que hagamos o de lo que no, quizá de las dos cosas haya. Pero siento que alguna vez será.

 

Parece como si necesitásemos más guerras para luego poder darnos más golpes de pecho, más cruces de acusaciones hasta que lleguemos al total agotamiento.

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Es una pena que una especie con instinto de colaboración, de vida en clan, este condenada, por mor del modelo becerro de oro impuesto, a vivir compitiendo atroz e individualmente dentro, pero siempre de algún modo, en contra de la manada.

 

Solo por que a una cohorte de viejas familias de “pastores” les salen mejor así las cuentas. No dejando que la sociedad se organize en formas y estructuras de poder más eficaces, más flexibles, más directas, más humanas.

 

Solo por que “nos han con-vencido” de que las cosas tienen que ser así.

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